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Resumen de un año que acabó con el inamovible descenso a preferente

 
Viernes 2 de junio de 2017 0 comentarios
 

A pesar de que, por la evidencia del descenso, no es éste un contraejemplo del conocido refrán, no siempre acaba mal lo que empieza mal. De hecho, nos sobraron algunas jornadas —las del desfondamiento final— para haber arreglado un desaguisado que se agravó durante los dos primeros tercios del campeonato. En el Torrevieja parecemos condenados a vivir temporadas convulsas. La diferencia de la recién concluida con las otras es que los líos comenzaron bien pronto, nada más ponerse a rodar el balón. Quede como anécdota que el triunfo inicial, 3-2 contra el Almoradí —único partido disputado en el Vicente García antes del cierre determinado por las autoridades municipales—, estuvo en duda durante más de tres meses por distintos despachos, hasta que el Tribunal Administrativo del Deporte certificó el resultado y concedió los puntos a los salineros. Pero el daño no iba a radicar en este episodio, intrascendente a la postre. Desde la misma pretemporada, en el proyecto que emprendía Gabi Correa, se echó de menos estabilidad en la plantilla. Como los plazos apremiaban, hubo que firmar, en algunos casos, sin haber efectuado las pruebas pertinentes. Después estallaría el otro problema. Las derrotas se sucedían una tras otra, hasta el extremo de que el cuarto punto se obtendría, y con muchos apuros, ya en la jornada 7 (1-1, en casa contra el Novelda). Precisamente esa fue la fecha en que se había consumado la primera reducción drástica de jugadores. Gabi Correa había sido destituido tras el quinto encuentro, y con él se marcharon muchos de los que integraban la plantilla. Urgían los repuestos, pero no se obtuvieron en el tiempo deseable. Con graves carencias en puestos importantes —el equipo jugó sin centrales casi media liga—, suplidas a veces con remiendos o con fichajes que no respondían a las expectativas, se afrontaba un torneo cuyas exigencias hundían al Torrevieja en la clasificación. El triunfo en Buñol (2-3, jornada 10) había traído un pequeño respiro, efímero al no haber continuidad en el siguiente compromiso en el Nelson Mandela (1-3 contra el Muro). No se llegaba ni siquiera a once futbolistas de la primera plantilla, por lo cual había que tirar de los equipos base para completar al menos un conjunto titular, en el que, con una entrega digna de mejor destino, cada uno hacía lo que buenamente podía y donde le tocaba colocarse esa tarde. Dos victorias consecutivas (0-3 en Segorbe, jornada 13; y 1-0 como locales contra el Silla, jornada 14) presentaron un panorama engañoso, pues las carencias continuaban. Antonio Pedreño, que dirigía los entrenamientos desde el cese del anterior técnico, hasta que se resolvió el contencioso con éste y cumplió los cuatro partidos de sanción impuestos en la pasada temporada, no pudo sentarse en el banquillo (jornada 15). Pero poco a poco, el Torrevieja —que incluso lograba reunir a dieciséis hombres en cada convocatoria— se iba pareciendo a un equipo normal, ayudado además por las derrotas de sus rivales directos en la zona peligrosa. Sin embargo, la aparente mejora interior no se traducía en resultados. Al contrario, se mostraban endebles en defensa, a causa de los goles encajados en lances tácticos y de innecesarias complicaciones cerca del área propia (3-2 en Crevillente, jornada 19), así como inoperantes en ataque (0-0 en casa con el Recambios Colón, jornada 18), en especial con el tanteo en contra, que era lo habitual (0-1, también en el Mandela, contra el Paterna, jornada 20, con numerosas ocasiones desperdiciadas). Había aún mucho trabajo por delante hasta configurar, si es que se lograba, un conjunto de alguna solvencia. Consumado otro alarmante revés en Borriol, (2-0, jornada 21), el único aspecto positivo de tan exiguos números al término de la primera vuelta (sólo 16 puntos) consistía en que todavía estábamos a tiro de piedra de la salvación.
Pero la realidad se mostraba terca tras el paso del ecuador: después de una triste igualada (1-1, jornada 22), precisamente la quinta y última que se obtendría —cómo echaríamos de menos ese goteo—, acaeció una contundente serie de seis derrotas de tacada, a las que se unía la segunda jornada de descanso. A veces se unía la desgracia (1-2 contra el Villarreal C, jornada 23, con un gol fantasma no concedido que seguramente habría dado los tres puntos), pero en general abundaban los deméritos. En definitiva, como consecuencia de estas siete jornadas sin sumar, y con lo que ya había llovido, el equipo se sumió (jornada 29) a ocho puntos de la permanencia. Se habían terminado las bromas. Había que contener la hemorragia cuanto antes. Agotando los plazos dispuestos por la federación, los nuevos jugadores, que debutaban en febrero, por fin compensaban y estabilizaban la plantilla —terminaban así las continuas entradas y salidas— y le daban un plus de calidad y experiencia. Pero aún quedaban fechas para arreglar el desaguisado, en cuanto, con sosiego interior, se ganaran los partidos precisos. En Novelda (1-0, jornada 28) y en casa contra el Onteniente (0-2, jornada 29) se habían apuntado detalles que no llegaron a cuajar. Con muy escaso margen de error, se viajó a Castalla. Todos creímos, en nuestra ilusión, que aquella épica victoria (1-2, jornada 30, cuando la anterior se había logrado en la 14 contra el Silla) iba a significar un importante punto de inflexión. En efecto: en las dos siguientes fechas, contra rivales directos (2-0 al Buñol, jornada 31; y 0-1 en Muro, jornada 32), y reasentado el dispositivo con tres centrales en liza, se alcanzó la racha más productiva. Con algunos apuros, pero imponiendo un fútbol práctico, tras la visita del colista Segorbe (4-1, jornada 34) escapábamos de los puestos de descenso. Nos recreábamos en la costumbre de celebrar cada resultado positivo con una foto en el vestuario. En otro espléndido encuentro, la sufrida afición del Nelson Mandela acogió con enorme algarabía el gol in extremis al Torre Levante (1-0, jornada 36). El equipo había ganado los partidos necesarios, gracias a lo cual se podía permitir algún accidente (3-0 en Silla, jornada 35). Pero habíamos arrancado desde tan atrás que en cuanto algún rival directo espabilara —y lo haría el Buñol, el que desde entonces trazaría la frontera fatídica— nos veríamos obligados a disputar una final en cada enfrentamiento, además de las que ya habíamos conseguido superar. Con el desplazamiento a Elche, en nutrida compañía, albergábamos la esperanza de poner tierra de por medio de una vez; pero tras una polémica decisión arbitral, que no señaló un claro penalti a favor con 0-1 en el marcador, acabamos sucumbiendo ante el mayor empuje de los filiales franjiverdes (2-1, jornada 37). Nada grave si continuábamos haciendo los deberes cuando hubiera que hacerlos. Y en éstas nos plantamos en el Jueves Santo, un día que quedará asimismo señalado en el aciago discurrir de esta temporada. Con la perspectiva de dar alcance al visitante de turno, el Almazora, una floja e inopinada actuación (0-2, jornada 38), en la que faltaron ideas y recursos, nos devolvió a la peor época. Quizá se produjo agotamiento mental, quizá se acusaron las bajas o se notó que futbolistas resolutivos no estaban al cien por cien físico. El caso es que la espiral derrotista se prolongó con estrépito en el siguiente choque, que podía haber reparado algo, en el feudo del Recambios Colón (3-0, jornada 39). Como en la fase que pretendíamos olvidada, éramos vulnerables detrás e improductivos delante. La suerte estaba ya echada, sin que el ajustado triunfo contra el Crevillente (1-0, jornada 40) sirviera más que para prolongar una agonía consumada en Paterna (2-0, jornada 41).
Mientras los equipos implicados en la misma lucha habían sido capaces de sacar adelante sus compromisos, incluso contra adversarios teóricamente superiores, el nuestro había caído en todos los terrenos hasta el conocido descenso.

 

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